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Con la transformación digital a cuestas

Aunque parezca mentira, y la transformación digital siga tratándose como un tema novedoso y relevante para las organizaciones, la verdad es que la Era o Revolución Digital se inició el siglo pasado.
Se debe tener en cuenta que, aproximadamente en 1995, surgió la conexión a internet, el nacimiento del ciberespacio y se comenzó a generalizar el uso de los ordenadores. A partir de los 2000, comenzó a “democratizarse” el acceso a internet. Es decir, llevamos más de 20 años con la transformación digital a cuestas.
Con la publicación del Real Decreto 2/2021 por el que se aprobó el Reglamento de desarrollo de la Ley 22/2015 de Auditoría de Cuentas, el fantasma de la digitalización volvió a aparecer en los despachos de auditoría al establecer que la documentación de cada trabajo deberá compilarse en formato electrónico.
Esto, que a priori no debía suponer un gran esfuerzo para las empresas, requiere realizar una inversión por dos motivos:
  • Inversión en equipos informáticos, programas y sistema de seguridad.
Muchos despachos se pueden encontrar con que sus equipos no tienen la memoria suficiente, un procesador que comienza a estar obsoleto… Tener los equipos actualizados y preparados para soportar la instalación de un programa de auditoría o, simplemente, una mayor capacidad para contener en él toda la documentación en formato digital supone una inversión económica, bien por el pago de la licencia del uso del programa o por la adquisición de nuevos equipos informáticos.
  • Inversión en formación de los empleados.
Recientemente, una de las corporaciones de auditores publicó un documento de resolución de dudas sobre el archivo electrónico. En él, entre otros asuntos, se explica cómo generar un archivo comprimido y cómo se puede cumplir con el requisito de identificación del archivo compilado y la restricción de acceso.
Otros despachos que ya cuentan con un programa de auditoría, comienzan a preparase: cómo organizar la documentación, cómo llevar un control sobre lo ya compilado, etc.
Sea cual sea la opción elegida, se debe invertir en formar a los empleados en competencias digitales, algo que suena al siglo pasado pero que sigue presente en nuestro día a día.
Al final, y como suele ser habitual, los más afectados son los despachos de pequeño y mediano tamaño donde realizar una inversión económica puede suponer dejar de destinar esos recursos a otras necesidades.
¿Es realmente importante la formación para mejorar las capacidades digitales? Sin lugar a dudas, la respuesta es sí. Aunque pueda parecer un asunto ya superado, cada vez surgen y surgirán mayores necesidades y el uso de las nuevas tecnologías se convertirá en algo indispensable tanto en nuestra vida laboral como personal (véase el problema de las personas de avanza edad con las entidades financieras…).
Quizá esto solo haya sido el principio de la verdadera Revolución Digital.
Sonia Carreño Iglesias
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