En auditoría ocurre algo curioso: durante décadas la profesión ha perfeccionado su instrumental con admirable precisión técnica, pero en ese proceso ha tendido también a olvidar una verdad bastante elemental: no todas las empresas son iguales. Auditar una multinacional cotizada con presencia en veinte países no es exactamente lo mismo que revisar las cuentas de una empresa familiar industrial o de una sociedad de servicios con actividad local. La diferencia no es solo de tamaño, sino de estructura, riesgos, operaciones y complejidad organizativa.
En ese contexto ha surgido una de las novedades normativas más relevantes en el ámbito internacional de los últimos años: la Norma Internacional de Auditoría para Auditorías de Estados Financieros de Entidades Menos Complejas, conocida por su denominación inglesa International Standard on Auditing for Audits of Financial Statements of Less Complex Entities (ISA for LCE).
Publicada por el International Auditing and Assurance Standards Board (IAASB) en diciembre de 2023, la norma constituye un estándar internacional completo y autónomo diseñado específicamente para la auditoría de entidades cuya estructura y operaciones presentan un grado de complejidad limitado en comparación con grandes corporaciones o entidades de interés público.
Conviene subrayar desde el principio un aspecto esencial: la ISA for LCE no reduce el nivel de aseguramiento de la auditoría. El objetivo sigue siendo exactamente el mismo que en cualquier auditoría realizada conforme a las Normas Internacionales de Auditoría tradicionales: obtener seguridad razonable de que los estados financieros están libres de incorrecciones materiales, ya sea por fraude o error.
La diferencia no está en la calidad del resultado, sino en la forma de llegar a él.
Durante años muchos profesionales venían señalando que el creciente volumen y sofisticación de las Normas Internacionales de Auditoría —concebidas para servir a todo tipo de entidades— generaban una cierta desproporción cuando se aplicaban a empresas de menor complejidad. Las normas debían cubrir situaciones extremadamente sofisticadas: instrumentos financieros complejos, estructuras societarias multinacionales, consolidaciones de gran tamaño o sistemas de control interno altamente automatizados. El resultado era un marco normativo sólido, pero en ocasiones excesivamente denso para auditorías de empresas cuyo funcionamiento distaba mucho de ese grado de sofisticación.
La respuesta del IAASB fue iniciar un largo proceso de análisis y consulta internacional que desembocó en la elaboración de un estándar independiente. La ISA for LCE nace así como una norma basada en los principios fundamentales de las NIA, pero redactada desde su origen para contextos empresariales menos complejos. Su estructura sigue el flujo lógico de una auditoría —aceptación del encargo, planificación, identificación y valoración de riesgos, respuesta a los riesgos detectados, obtención de evidencia, formación de la opinión y emisión del informe— pero con requisitos y guías adaptados a las características habituales de este tipo de entidades.
En términos prácticos, la norma introduce tres ideas que resultan especialmente relevantes.
La primera es la proporcionalidad. Los procedimientos y requisitos están diseñados para centrarse en aquellos aspectos que realmente generan riesgo de incorrección material en empresas con estructuras organizativas simples, evitando requisitos pensados para realidades empresariales mucho más complejas.
La segunda es la claridad y navegabilidad del estándar. Uno de los objetivos declarados del proyecto fue redactar una norma más concisa y estructurada, eliminando repeticiones o referencias cruzadas innecesarias que a menudo complicaban la aplicación práctica de las NIA completas.
La tercera es la adaptación a la realidad de las auditorías de pequeñas y medianas empresas, que constituyen, en términos numéricos, la inmensa mayoría de los encargos de auditoría en el mundo.
En efecto, aunque el debate público sobre auditoría suele concentrarse en las grandes firmas internacionales y en los grandes grupos empresariales, la realidad económica es bastante distinta. En la mayor parte de las economías desarrolladas —España incluida— el tejido empresarial está formado casi íntegramente por pequeñas y medianas empresas. Más del 99% de las empresas pertenecen a esta categoría y generan una parte esencial del empleo y del valor añadido de la economía.
En paralelo, el mercado de auditoría refleja una estructura similar. Aunque las grandes firmas globales concentran los encargos de mayor dimensión, una parte muy significativa de las auditorías empresariales es realizada por pequeñas y medianas firmas de auditoría, que trabajan principalmente con empresas no cotizadas, sociedades familiares o grupos empresariales de dimensión moderada.
Es precisamente en ese contexto donde la ISA for LCE pretende aportar valor: ofrecer un marco metodológico internacional que permita realizar auditorías rigurosas y de alta calidad sin trasladar innecesariamente la complejidad normativa diseñada para realidades empresariales radicalmente distintas.
Naturalmente, una norma internacional no se aplica automáticamente en todos los países. Cada jurisdicción debe decidir si la adopta o no dentro de su propio sistema regulatorio. En el caso de la ISA for LCE, el IAASB ha establecido que su fecha de efectividad está prevista para auditorías de ejercicios que comiencen a partir del 15 de diciembre de 2025, siempre que la jurisdicción correspondiente decida incorporarla o permitir su utilización.
Este detalle no es menor. La implantación del estándar dependerá en gran medida de cómo cada país interprete su encaje dentro del sistema existente de regulación de la auditoría, así como de la definición que se adopte para determinar qué entidades pueden considerarse “menos complejas”.
El propio IAASB ha evitado establecer una definición estrictamente basada en el tamaño de la empresa. En su lugar, la norma se centra en características cualitativas de complejidad, tales como la simplicidad de la estructura organizativa, la naturaleza de las transacciones, la ausencia de instrumentos financieros complejos o la relativa sencillez del sistema de información financiera.
En la práctica, sin embargo, existe un solapamiento evidente entre entidades menos complejas y pequeñas y medianas empresas. Y ese vínculo remite a un debate más amplio que trasciende el ámbito puramente técnico de la auditoría.
En 1973 el economista Ernst Friedrich Schumacher publicó un ensayo que acabaría convirtiéndose en un clásico del pensamiento económico contemporáneo: Small is Beautiful. Su tesis central era que los sistemas económicos modernos tienden a sobrevalorar la escala y la complejidad, olvidando las virtudes de estructuras productivas más pequeñas, flexibles y cercanas a la realidad social.
Cinco décadas después, la auditoría parece haber redescubierto parcialmente esa intuición.
La aparición de un estándar internacional específico para entidades menos complejas puede interpretarse como un intento de reconciliar la sofisticación técnica de la profesión con la diversidad real del tejido empresarial. No se trata de crear auditorías “de primera” y “de segunda”, sino de reconocer que la relevancia económica, el riesgo sistémico y la complejidad organizativa de las entidades auditadas son muy distintos.
Una entidad de interés público —una gran entidad financiera o una compañía cotizada— exige naturalmente el máximo nivel de sofisticación normativa y supervisora. Pero exigir exactamente el mismo nivel de formalización metodológica para auditorías de empresas de menor complejidad puede terminar generando más burocracia que valor añadido.
La clave, por tanto, no está en rebajar estándares, sino en orientar la auditoría hacia los riesgos realmente relevantes en cada contexto empresarial.
Ese es precisamente el principio que inspira la ISA for LCE: hacer que el auditor dedique menos tiempo a navegar por requisitos irrelevantes y más tiempo a aplicar juicio profesional allí donde verdaderamente importa.
Si esa filosofía consigue implantarse correctamente, la nueva norma podría contribuir a mejorar la eficiencia del trabajo de auditoría sin sacrificar su credibilidad. Y en una profesión cuya función última es generar confianza en la información financiera, ese equilibrio entre rigor y proporcionalidad no es un detalle menor.
Tal vez, después de todo, la auditoría internacional esté empezando a aceptar una idea bastante sensata: que la complejidad no siempre es sinónimo de calidad y que, en ocasiones, la verdadera sofisticación consiste precisamente en saber cuándo la simplicidad es suficiente.
Francisco Jimeno.
EUDITA.


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